domingo, 16 de junio de 2013

Estupidez o tradición

Estaba a punto de cumplir 16 años y uno de mis primos, que se llama José Luis, me invitó de vacaciones a Tlaxcala, lugar donde vive actualmente. Llegué y me instalé en su casa, que se encuentra en Apizaco. Fue muy divertido pues conocí Huamantla, Calpulalpan y el centro de Tlaxcala, pero como en todo viaje hay algo que lo arruina todo.
Pepe, como le dicen a mi primo, consiguió unos boletos para una corrida de toros y me invitó. Diciendo que era muy divertido, cultural y emocionante.
Entrando a las gradas, empezó a tocar una orquesta y Pepe me explicó que eso marcaba el inicio del evento. Se abrieron unas compuertas y salió corriendo un toro de lidia negro, llamado infernal. Acto seguido salió el torero y comenzó la masacre. En un principio no era tan malo. Solo se recreaba  la antiquísima historia, hombre contra bestia. El torero provocaba al animal y lo evadía. Era una batalla llena de cadencia y elegancia, pero entonces comenzó la carnicería. Entró al ruedo un caballo y su jinete, ataviados con metal como si fueran caballeros de la edad media. El jinete llevaba en la mano una especie de pico con el cual atravesó el lomo de toro y un chorro de sangre broto del animal. Después el jinete y su caballo salieron de la arena. Le entregaron al torero cierta cantidad de banderillas que fue colocando una a una en el lomo de la bestia. Si acertaba una banderilla,  todo el público gritaba emocionado, pero si fallaba,  los abucheos y chiflidos se hacían sentir en la arena.
La mirada del toro era desesperada, llena de dolor y la agonía se hacía más evidente en sus pasos.
Cuando el torero clavó todas las banderillas, uno de sus asistentes le pasó una espada. Altivo y orgulloso de su crimen se posó frente al moribundo animal, lo retó por última vez y le clavo la espada en un lugar cercano a la nuca. Entraron otras personas e hicieron que el toro se moviera para que el arma que tenia dentro comenzara a destrozar los órganos internos por donde había pasado la espada y este muriera a la brevedad. Solo segundos pasaron y el animal se desplomó sobre la tierra cubierta de sangre del ruedo. El público se levantó de sus asientos aplaudió con gran emoción y el estúpido hombre vestido como payaso se inclinó en señal de agradecimiento.
No recuerdo la jerarquía de  los premios, pero ese día le concedieron al torero el rabo del animal.
Si antes me repugnaba que maltrataran a un ser vulnerable, desde ese entonces estoy en contra del maltrato animal sea cual sea la especie. Pongámonos a meditar y díganme quien es la bestia en este infame recuerdo, el cual cambio mi vida para siempre. En verdad es una tradición o algo que tiene que desaparecer. Yo opino que una tradición no es cruel, es hermosa y que la “Fiesta brava” solo es el espejo de la retorcida mente humana.

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