Era el año 2005 y yo tenía 11
años. Había salido de la primaria y mis papas decidieron que entrara a jugar
futbol americano para que bajara los kilos que tenía de más.
El equipo en el que empecé a jugar se llama Los Bucaneros de Naucalli. Durante casi dos meses estuve en la
banca por lo que los partidos se me hacían muy aburridos. No entendía el
objetivo de ese deporte y solo veía a mis compañeros como unos locos tratando
de hacerse daño. Los entrenamientos me gustaban mucho y por la exigencia de los
entrenadores comencé a adelgazar muy rápido.
La oportunidad de jugar se
presentó cuando Carlos, el Coreback del equipo, se lesionó y el único cambio
que había era yo. El entrenador me vio con un aire de duda y dijo “Ponte tu
casco porque reemplazas a Carlos, no la riegues tanto”. Sustituí a uno de los
jugadores más importantes del equipo.
Estaba muy nervioso. Era el
tercer cuarto y el resultado del marcador no nos favorecía. El Coach dijo “Formación
de escopeta”. Nos pusimos en posición y comenzó la jugada; recibí el balón, no sabía
qué hacer y como Dios me dio a entender, lancé los más rápido y fuerte que pude. Uno de
mis receptores logró tomar el balón y anotamos.
La jugada solo duro 15 segundos. La
diferencia entre puntos era cada vez menor y la emoción en las gradas, inminente.
Se respiraba la adrenalina y yo, motivado, cada vez jugaba mejor.
Con cada pase o anotación comenzaba
a nacer en mí una gran pasión por ese deporte. Me sentía grande, como un líder,
como si todo dependiera de mí, y así era.
Eran los últimos tres minutos del
partido. El cansancio se notaba fácilmente en la cara de mis compañeros. El público
estaba sumamente emocionado. Aunque fuera solo un partido de liga infantil, la pasión era como si estuviéramos en el súper tazón.
Tres minutos y siete puntos nos
separaban de un empate y de regresar con dignidad a casa.
Solo faltaban cinco yardas para
la zona de anotación. Teníamos la tercera oportunidad y la suerte estaba de
nuestro lado.
Comenzó la jugada, el niño con la
camiseta número 15 se desplazo hacia el centro de la zona de anotación; el balón
cruzó la mirada de mis compañeros y cuando la victoria era casi era nuestra una
mano enemiga intercepto el pase. Nadie pudo detener al niño con la camisa número
57 del equipo contrario. Cuando nos percatamos de que no habíamos anotado, el
corredor del equipo contrario ya había sacado una buena ventaja. Anotó y perdimos
el partido, pero después de todo, perdimos con dignidad.
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