domingo, 2 de junio de 2013

Mi primera vez.

Era el año 2005 y yo tenía 11 años. Había salido de la primaria y mis papas decidieron que entrara a jugar futbol americano para que bajara los kilos que tenía de más.
El equipo en el que empecé  a jugar se llama Los Bucaneros de Naucalli. Durante casi dos meses estuve en la banca por lo que los partidos se me hacían muy aburridos. No entendía el objetivo de ese deporte y solo veía a mis compañeros como unos locos tratando de hacerse daño. Los entrenamientos me gustaban mucho y por la exigencia de los entrenadores comencé a adelgazar muy rápido.
La oportunidad de jugar se presentó cuando Carlos, el Coreback del equipo, se lesionó y el único cambio que había era yo. El entrenador me vio con un aire de duda y dijo “Ponte tu casco porque reemplazas a Carlos, no la riegues tanto”. Sustituí a uno de los jugadores más importantes del equipo.
Estaba muy nervioso. Era el tercer cuarto y el resultado del marcador no nos favorecía. El Coach dijo “Formación de escopeta”. Nos pusimos en posición y comenzó la jugada; recibí el balón, no sabía qué hacer y como Dios me dio a entender,  lancé los más rápido y fuerte que pude. Uno de mis receptores logró tomar el balón y anotamos.
La jugada solo duro 15 segundos. La diferencia entre puntos era cada vez menor y la emoción en las gradas, inminente. Se respiraba la adrenalina y yo, motivado, cada vez jugaba mejor.
Con cada pase o anotación comenzaba a nacer en mí una gran pasión por ese deporte. Me sentía grande, como un líder, como si todo dependiera de mí, y así era.
Eran los últimos tres minutos del partido. El cansancio se notaba fácilmente en la cara de mis compañeros. El público estaba sumamente emocionado. Aunque fuera solo un partido de liga infantil, la pasión era como si estuviéramos en el súper tazón.
Tres minutos y siete puntos nos separaban de un empate y de regresar con dignidad a casa.
Solo faltaban cinco yardas para la zona de anotación. Teníamos la tercera oportunidad y la suerte estaba de nuestro lado.
Comenzó la jugada, el niño con la camiseta número 15 se desplazo hacia el centro de la zona de anotación; el balón cruzó la mirada de mis compañeros y cuando la victoria era casi era nuestra una mano enemiga intercepto el pase. Nadie pudo detener al niño con la camisa número 57 del equipo contrario. Cuando nos percatamos de que no habíamos anotado, el corredor del equipo contrario ya había sacado una buena ventaja. Anotó y perdimos el partido, pero después de todo, perdimos con dignidad.

No hay comentarios:

Publicar un comentario