domingo, 23 de junio de 2013

Un triste adios



Era 2010 y yo tenía 16 años. Durante cinco años había jugado el deporte que más he amado. Era uno de los jugadores titulares indiscutibles en el equipo y estaba en el mejor momento físico y mental para seguir adelante. Con la energía y la salud que tenía me sentía poderoso, invencible y que nada ni nadie podía contra mí. Pero dios es sabio y sabe cómo poner a cada quien en su lugar. Se acercaba uno de los torneos más importantes a nivel nacional y la mayoría de las organizaciones de todo el país participarían.  

Los entrenamientos eran brutales pero la emoción por jugar era inmensa. Faltaban dos meses para que se iniciara la justa deportiva y todos en el equipo estábamos impacientes, ya que era la primera vez que participaríamos y estar en el torneo aseguraba viajes a otros estados y conocer lugares nuevos. Entre más se acercaba la fecha, los entrenamientos y los juegos de preparación eran más fuertes. Nos exigían demasiado y muchos pensaban en desertar.

Algo curioso de la vida es que cuando mas esperas algo menos lo consigues o es más difícil de alcanzar; un ejemplo  concreto es lo que a continuación se aclara.

Eran las seis de la tarde  y nos encontrábamos entrenando, como era temporada de lluvia el  pasto se encontraba muy resbaloso. Un coraje provocado por el entrenador había ocasionado que todo el equipo se dividiera por una diferencia de opiniones. Llegó el momento de desquitarse por que el coach nos dijo que hiciéramos dos equipos. Unos llevarían puesta una camiseta color rojo; el resto, una azul. Comenzamos a practicar y antes de que me diera tiempo de lanzar, un compañero me tecleó en las rodillas; solo sentí  como crujió mi hueso al recibir el impacto. El dolor que sentía era inmenso tanto que no me podía levantar. Tuvieron que entrar los camilleros y me llevaron a la enfermería del lugar. El doctor fue claro cuando dijo lo que me había sucedido “Tienes una lesión muy grave en los meniscos y te recomiendo que te retires un buen tiempo del americano para que puedas descansar”. Me mandó a rehabilitación pero mi necedad y depresión  pudieron  más y jamás acudí a las terapias. No pude regresar a jugar, pues de haberme rehabilitado nada hubiera sucedido. Los meniscos se recuperaron pero ya no puedo correr mucho: La resistencia de mis rodillas ya no es la misma y si juego de más, me  comienzan a doler.

Todo terminó, pero soy feliz, porque los años que jugué el deporte que hasta el momento sigo llamando el amor de mi vida, fueron los mejores y me enseñaron a ser el guerrero obstinado y necio que soy ahora.

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