domingo, 30 de junio de 2013

En boca cerrada...

Algunas personas de este o el otro grupo habrán pensado en escribir como obtuvieron un lugar en la universidad. Yo no escribiré acerca de eso. lo haré sobre lo que me hizo tomar la decisión de estudiar.
 Era 2008 y había salido de la preparatoria . Estaba fastidiado de estudiar. El simple hecho de ver un libro o escuchar la palabra tarea  me provocaba nauseas.
Comencé a trabajar en un centro de distribución de Wall Mart, descargando la mercancía que venía en los tráileres. Era un trabajo sucio, pesado y agobiante, pero me gustaba. Si trabajaba rápido ganaba más dinero, pues el trabajo era por destajo.
Desgraciadamente el mundo está lleno de personas prejuiciosas y por verte sucio piensan que eres completamente ignorante. Así paso en mi trabajo. La gente me veía de una forma grosera. Me humillaban pensando que no tenía ningún estudio por tener ese trabajo. Mientras ellos,  por tener la secundaria y trabajar en una empresa extranjera, se sentían realizados. La verdad yo no les prestaba mucha atención porque era feliz con lo que hacía. 
Las cosas cambiaron cuando un supervisor quiso regañarme y yo me defendí. sin embargo él me dijo “tú no sabes nada, ni siquiera has de saber leer. Yo en cambio tengo la prepa y por eso soy superior a ti”.
Más que enojo, me abrió los ojos y me di cuenta de que yo era el superior. Los dos habíamos estudiado la preparatoria  pero él tenía una familia que mantener y por ende mas responsabilidades. Yo podía seguir adelante, pues tenía 18 años, una vida por delante y ninguna responsabilidad.
Comencé a investigar y descubrí que la convocatoria de la UAM  había pasado. Elegí esta escuela porque muchos compañeros de la prepa estudiaban allí y me habían dado muy buenas referencias.
Fui paciente y llegó la siguiente convocatoria. Hice el examen de admisión y cuando salieron los resultados, y estos resultaron favorables, y me entregaron la credencial, me dirigí al dichoso supervisor y orgulloso le dije “¿quién es el superior ahora?".
Tiempo después me di cuenta de que nunca le demostré nada al supervisor, me los demostré a mi. Estaba hundido en la mediocridad y solo necesitaba un estimulo para seguir adelante. 
Aún sigo trabajando ahí. Nadie se mete conmigo y la imagen de un maniobrista sucio, ignorante y vulgar ha comenzado a disolverse.

Debo agradecer a esas personas que me humillaron, pues de no haber sido por ellos nuca me hubiera dado cuenta de que puedo seguir adelante. Que tengo todo para sobresalir y como me dijo mi padre “si te estancas y no avanzas, es por pendejo”.

domingo, 23 de junio de 2013

Un triste adios



Era 2010 y yo tenía 16 años. Durante cinco años había jugado el deporte que más he amado. Era uno de los jugadores titulares indiscutibles en el equipo y estaba en el mejor momento físico y mental para seguir adelante. Con la energía y la salud que tenía me sentía poderoso, invencible y que nada ni nadie podía contra mí. Pero dios es sabio y sabe cómo poner a cada quien en su lugar. Se acercaba uno de los torneos más importantes a nivel nacional y la mayoría de las organizaciones de todo el país participarían.  

Los entrenamientos eran brutales pero la emoción por jugar era inmensa. Faltaban dos meses para que se iniciara la justa deportiva y todos en el equipo estábamos impacientes, ya que era la primera vez que participaríamos y estar en el torneo aseguraba viajes a otros estados y conocer lugares nuevos. Entre más se acercaba la fecha, los entrenamientos y los juegos de preparación eran más fuertes. Nos exigían demasiado y muchos pensaban en desertar.

Algo curioso de la vida es que cuando mas esperas algo menos lo consigues o es más difícil de alcanzar; un ejemplo  concreto es lo que a continuación se aclara.

Eran las seis de la tarde  y nos encontrábamos entrenando, como era temporada de lluvia el  pasto se encontraba muy resbaloso. Un coraje provocado por el entrenador había ocasionado que todo el equipo se dividiera por una diferencia de opiniones. Llegó el momento de desquitarse por que el coach nos dijo que hiciéramos dos equipos. Unos llevarían puesta una camiseta color rojo; el resto, una azul. Comenzamos a practicar y antes de que me diera tiempo de lanzar, un compañero me tecleó en las rodillas; solo sentí  como crujió mi hueso al recibir el impacto. El dolor que sentía era inmenso tanto que no me podía levantar. Tuvieron que entrar los camilleros y me llevaron a la enfermería del lugar. El doctor fue claro cuando dijo lo que me había sucedido “Tienes una lesión muy grave en los meniscos y te recomiendo que te retires un buen tiempo del americano para que puedas descansar”. Me mandó a rehabilitación pero mi necedad y depresión  pudieron  más y jamás acudí a las terapias. No pude regresar a jugar, pues de haberme rehabilitado nada hubiera sucedido. Los meniscos se recuperaron pero ya no puedo correr mucho: La resistencia de mis rodillas ya no es la misma y si juego de más, me  comienzan a doler.

Todo terminó, pero soy feliz, porque los años que jugué el deporte que hasta el momento sigo llamando el amor de mi vida, fueron los mejores y me enseñaron a ser el guerrero obstinado y necio que soy ahora.

domingo, 16 de junio de 2013

Estupidez o tradición

Estaba a punto de cumplir 16 años y uno de mis primos, que se llama José Luis, me invitó de vacaciones a Tlaxcala, lugar donde vive actualmente. Llegué y me instalé en su casa, que se encuentra en Apizaco. Fue muy divertido pues conocí Huamantla, Calpulalpan y el centro de Tlaxcala, pero como en todo viaje hay algo que lo arruina todo.
Pepe, como le dicen a mi primo, consiguió unos boletos para una corrida de toros y me invitó. Diciendo que era muy divertido, cultural y emocionante.
Entrando a las gradas, empezó a tocar una orquesta y Pepe me explicó que eso marcaba el inicio del evento. Se abrieron unas compuertas y salió corriendo un toro de lidia negro, llamado infernal. Acto seguido salió el torero y comenzó la masacre. En un principio no era tan malo. Solo se recreaba  la antiquísima historia, hombre contra bestia. El torero provocaba al animal y lo evadía. Era una batalla llena de cadencia y elegancia, pero entonces comenzó la carnicería. Entró al ruedo un caballo y su jinete, ataviados con metal como si fueran caballeros de la edad media. El jinete llevaba en la mano una especie de pico con el cual atravesó el lomo de toro y un chorro de sangre broto del animal. Después el jinete y su caballo salieron de la arena. Le entregaron al torero cierta cantidad de banderillas que fue colocando una a una en el lomo de la bestia. Si acertaba una banderilla,  todo el público gritaba emocionado, pero si fallaba,  los abucheos y chiflidos se hacían sentir en la arena.
La mirada del toro era desesperada, llena de dolor y la agonía se hacía más evidente en sus pasos.
Cuando el torero clavó todas las banderillas, uno de sus asistentes le pasó una espada. Altivo y orgulloso de su crimen se posó frente al moribundo animal, lo retó por última vez y le clavo la espada en un lugar cercano a la nuca. Entraron otras personas e hicieron que el toro se moviera para que el arma que tenia dentro comenzara a destrozar los órganos internos por donde había pasado la espada y este muriera a la brevedad. Solo segundos pasaron y el animal se desplomó sobre la tierra cubierta de sangre del ruedo. El público se levantó de sus asientos aplaudió con gran emoción y el estúpido hombre vestido como payaso se inclinó en señal de agradecimiento.
No recuerdo la jerarquía de  los premios, pero ese día le concedieron al torero el rabo del animal.
Si antes me repugnaba que maltrataran a un ser vulnerable, desde ese entonces estoy en contra del maltrato animal sea cual sea la especie. Pongámonos a meditar y díganme quien es la bestia en este infame recuerdo, el cual cambio mi vida para siempre. En verdad es una tradición o algo que tiene que desaparecer. Yo opino que una tradición no es cruel, es hermosa y que la “Fiesta brava” solo es el espejo de la retorcida mente humana.

domingo, 9 de junio de 2013

Solo un sueño

Era el mes de diciembre del año de 2007. Tenía trece años. El frío de la temporada no les hacía daño a los guerreros que tenía a lado. El marcador, perdiendo por un touchdown, y todo en contra para ganar el campeonato infantil de futbol americano. El mariscal de campo se había lesionado y los receptores estaban sumamente cansados. Solo quedaban 30 segundos en el último cuarto del partido y más de la mitad del campo nos faltaba para llegar a la zona de anotación; con una última oportunidad, parecía imposible remontar a tan poderoso enemigo.
Nos habían pasado por encima. Todos maltrechos, teníamos que alcanzar la victoria.  La jugada comenzó, yo tenía a un poderoso cancerbero cuidando de mí espalda, esperando a que  lanzara el balón y él corriera a defender al elegido que llevaría la gloria casa. Todos cubiertos, hasta el mas insignificante ser de mi equipo. Le dije a mi fiel escudero “Cúbreme”, y comencé a correr. Solo sentía los golpes que le propinaban a  mi defensor y cómo una horda de demonios enfurecidos corrían tras de mi. Tenía todo para ganar, corría como el viento y nadie me podía alcanzar. Solo faltaban 10 yardas, me confié, sentí un brazo que me detenía con fuerza  y… en ese momento sonó el despertador. 
Solo había sido un sueño pero no del todo irreal; ese día sí era diciembre, sí jugaría, y lo mejor de todo, sí era la final del campeonato. 
Era el medio dia cuando los 22 guerreros que  defenderían el honor de su camiseta, salían de los vestidores. Se respiraba un ambiente electrizante en el estadio de futbol de Ciudad Universitaria, y no era para menos.
El partido se inició y con él, la euforia del público. Con un pase estupendo del quarterback de los Bucaneros se hizo el primer touchdown y una patada excelente anotó el punto extra correspondiente.
Nos sentíamos como hombres jugando contra niños. Nada se nos complicaba, interceptábamos pases y hacíamos jugadas de ensueño. Estábamos sumamente motivados. La decepción se notaba en los ojos del equipo contrario. El marcador final fue un contundente 49 a 7. Terminamos el juego aplaudiéndole al equipo contrario en señal de que habían hecho un buen juego y nos retiramos a festejar el  triunfo.
Entregamos el trofeo al entrenador pues sin sus humillaciones, groserías y excesos nunca hubiéramos ganado ese torneo. Cuando vio el premio solo dijo con una sonrisa que mas bien parecía una mueca de dolor “Es el trofeo mas horrible que he visto toda mi vida, ¿Por esto se rajaron la madre?”.
Sin duda ese ha sido  el triunfo más grande de mi vida.



domingo, 2 de junio de 2013

Mi primera vez.

Era el año 2005 y yo tenía 11 años. Había salido de la primaria y mis papas decidieron que entrara a jugar futbol americano para que bajara los kilos que tenía de más.
El equipo en el que empecé  a jugar se llama Los Bucaneros de Naucalli. Durante casi dos meses estuve en la banca por lo que los partidos se me hacían muy aburridos. No entendía el objetivo de ese deporte y solo veía a mis compañeros como unos locos tratando de hacerse daño. Los entrenamientos me gustaban mucho y por la exigencia de los entrenadores comencé a adelgazar muy rápido.
La oportunidad de jugar se presentó cuando Carlos, el Coreback del equipo, se lesionó y el único cambio que había era yo. El entrenador me vio con un aire de duda y dijo “Ponte tu casco porque reemplazas a Carlos, no la riegues tanto”. Sustituí a uno de los jugadores más importantes del equipo.
Estaba muy nervioso. Era el tercer cuarto y el resultado del marcador no nos favorecía. El Coach dijo “Formación de escopeta”. Nos pusimos en posición y comenzó la jugada; recibí el balón, no sabía qué hacer y como Dios me dio a entender,  lancé los más rápido y fuerte que pude. Uno de mis receptores logró tomar el balón y anotamos.
La jugada solo duro 15 segundos. La diferencia entre puntos era cada vez menor y la emoción en las gradas, inminente. Se respiraba la adrenalina y yo, motivado, cada vez jugaba mejor.
Con cada pase o anotación comenzaba a nacer en mí una gran pasión por ese deporte. Me sentía grande, como un líder, como si todo dependiera de mí, y así era.
Eran los últimos tres minutos del partido. El cansancio se notaba fácilmente en la cara de mis compañeros. El público estaba sumamente emocionado. Aunque fuera solo un partido de liga infantil, la pasión era como si estuviéramos en el súper tazón.
Tres minutos y siete puntos nos separaban de un empate y de regresar con dignidad a casa.
Solo faltaban cinco yardas para la zona de anotación. Teníamos la tercera oportunidad y la suerte estaba de nuestro lado.
Comenzó la jugada, el niño con la camiseta número 15 se desplazo hacia el centro de la zona de anotación; el balón cruzó la mirada de mis compañeros y cuando la victoria era casi era nuestra una mano enemiga intercepto el pase. Nadie pudo detener al niño con la camisa número 57 del equipo contrario. Cuando nos percatamos de que no habíamos anotado, el corredor del equipo contrario ya había sacado una buena ventaja. Anotó y perdimos el partido, pero después de todo, perdimos con dignidad.

domingo, 26 de mayo de 2013

La llegada.

Durante cuatro años viví en el estado de Veracruz y en base a algunos recuerdos, habían sido de los mejores pero por falta de dinero nos mudamos.

Era el año de mil novecientos noventa y siete y yo tenía cuatro años. Entre los factores para que mi papá tomara la decisión de mudarnos fue que yo empezara a estudiar en la ciudad.

Salimos de la terminal de Poza Rica a las 12:00 del día. No recuerdo el trayecto, tal ves venía durmiendo, pero lo que no puedo olvidar fue cuando bajamos del camión; recién había acabado de llover y por ende el cielo seguía nublado. Eso hizo que pensara que la ciudad siempre era así: triste, sin diversión, si un cielo azul como en la costa y sin colores. Yo tan acostumbrado a la vegetación como al calor de la costa y llegar al frío, me hizo sentir triste.

Aquí yo no conocía a nadie más que a la familia de mi papá. Solo era gente adulta. En la vecindad a la que llegamos a instalarnos, que por cierto es en la que sigo viviendo, no había niños y yo no tenía con quien jugar. Me comencé a hacer solitario y no hablaba más que lo necesario por lo que mis papas comenzaron a preocuparse.

Sin necesidad de un psicólogo mi padre supo remediar mi comportamiento. Mientras yo entraba al jardín de niños mi papá  me sacaba a dar una vuelta a un parque, al centro de la ciudad o algún lugar que se le ocurriera después del trabajo. Uno de los primeros lugares que conocí fue el museo de antropología. Era obvio que el zoológico de Chapultepec y el templo mayor tenían que estar en la lista. Comenzó a enseñarme a leer y también a contar. Como yo era muy necio siempre estuvieron presentes los golpes pero sirvieron de mucho pues saliendo del kínder ya sabia leer, contar y escribir. 
  
Mientras mas pasaba el tiempo mas me acostumbraba a la ciudad y la melancolía por mi antigua casa y mis antiguos amigos se transformaba en recuerdos.

Empecé a hacer amigos en la calle donde vivía, salíamos a jugar fútbol y cuando se pusieron de moda comenzamos a jugar tazos. Me divertía muchísimo y casi todo el día me la pasaba con mis compañeros. No se como paso ya que muy rápido me convertí en parte de esta ciudad.